Juegos de Vida: “Madre hay una Sola”

La ingeniera comercial Marcela Guevara perdió a su padre, piloto de combate de la Fuerza Aérea de Chile, cuando apenas tenía siete años de edad. Su nave desapareció en medio de las nubes que cubrían por entonces a la ciudad de Antofagasta mientras realizaba ejercicios militares cotidianos. A partir de ese momento, fue su madre quien debió continuar por sí sola la crianza de sus tres hijos: Patricio, Javier y Marcela Guevara.

En ese mismo período Marcela comenzaría a desempeñarse activamente en distintas áreas del deporte, comenzando con el ballet y el tenis, acompañándola hasta su etapa adulta, llegando incluso a ser parte del circuito ATP,  y pasando también por el atletismo, la gimnasia olímpica, el padel, cheerleader y pilates; este último desarrollado posteriormente a su egreso de la Universidad Adolfo Ibáñez de Viña del Mar.

Marcela patinando en Dallas, Estados Unidos 2001.    Marcela junto a su esposo Juan Pablo.    Marcela junto a su madre y hermanos, 2015.

Hoy vive en una hermosa casa de Chicureo junto a su marido actual, Juan Pablo Tolosa, y sus dos hijos, Sebastián y Vicente Valdés. En su gran clan familiar el deporte se ha convertido en un potente estandarte que se ha ramificado hacia múltiples direcciones atravesando generaciones. Es un instrumento habitual, un estilo de vida consistente que ha permitido un mejoramiento personal en cada uno de sus miembros. Es más, el mayor de sus retoños, Vicente de catorce años, fue uno de los jugadores convocados para representar a Chile en la última versión de la SuperCupNI, disputada en Irlanda del Norte, gracias al trabajo en conjunto realizado entre la Corporación de Deportes de Colina y Ganamos Todos.

Marcela, con su carácter altamente vital, su energía positiva y delicada aura afectiva, ha logrado encarnar un ejemplo de rol como madre y líder. Durante el proceso de entrenamiento de Vicente, previo al viaje por Europa, se preocupó constantemente de pasar a dejarlo y a buscarlo a la cancha no sólo a él, sino a un grupo de chicos que también viven por el sector, en una impecable coordinación entre los apoderados de los jóvenes futbolistas.

-Siempre me ha acompañado a todos los lugares donde juego- señala el propio Vicente- Me ha enseñado que debo tener equilibrio entre el deporte, los estudios y la familia. Es una gran mamá-culmina.

Marcela junto a familia, Rapel 2019.    Marcela y su hijo Vicente, Maitencillo 2007.    Marcela y Vicente, despedida en aeropuerto de Santiago previo viaje a Irlanda del Norte, 2019.

En efecto, y ocupando las palabras de la propia Marcela en una extensa entrevista, al final todos aprendemos de todos. Respaldar a los hijos en la práctica del deporte resulta indispensable cuando se trata de proyectar su felicidad y prolongar un buen estado de salud, y el trabajo en equipo adquiere un significado crucial para el alcance de las metas y la pavimentación real del camino recorrido. Sin dejar de lado las enormes contribuciones que se reproducen en la sociabilización y en el conocimiento pleno de las debilidades y fortalezas.

En una de las últimas ceremonias festejadas a escasos días de la partida hacia Irlanda del Norte Marcela, por sus propios medios y de forma completamente desinteresada, mandó a confeccionar jockeys para toda la delegación. Involucrada en el aliento, la organización y el mismísimo cariño de todo el grupo conformado durante meses, se convirtió en un referente de guía y dedicación para el resto de las familias.

Trabajando por estos días en un reciente proyecto para una empresa dedicada al bienestar integral de las personas mediante hábitos de sueño, nutrición y ejercicio físico, ocupando el rol de Subgerente de Marketing y Nuevos Negocios. Cada vez eleva más su conciencia y espectro de sabiduría; siempre, por supuesto, con el fin de contribuir al mejoramiento de la calidad de vida de su entorno más cercano y la comunidad que la rodea.

Marcela pretende seguir interviniendo el mundo para fortalecer sus cimientos y limpiar sus pulmones.

Su amor decidido nos permite respirar la pureza de un aire que se niega a morir y que entre la brisa invisible de su recorrido nos arroja la belleza de la amistad eterna.

Por tanta pasión entregada… ¡simplemente gracias!